STOP desahucios

Con un carácter simbólico, pero no carente de reivindicación, nos hemos reunido un grupo de psicólogos para plasmar por escrito lo que pensamos, igual que millones de personas, sobre la situación que se está produciendo al respecto de los desahucios.

 La exposición que aquí hacemos tiene su fundamento tanto en las teorías desarrolladas por otros colegas, como en la experiencia que vivimos cada uno de nosotros, en nada ajena a la realidad que nos rodea, toda vez que nosotros formamos parte de la misma.

En ningún caso, nuestro cometido reviste carácter político ni interés privado, sólo deseamos expresar –desde nuestra profesionalidad- qué nos parece lo que está ocurriendo con millones de personas, con miles de familias.

Sabemos que las voces sobre este tema vienen alzándose desde hace tiempo, a nivel personal y organizativo, lamentando las penalidades que muchas personas están pasando debido al estado en el que se encuentran al ser desalojadas de sus casas. Sin ir más lejos, hace unas semanas, varios magistrados mostraron su desacuerdo con la ley que regula el sistema actual de las hipotecas, que data del año 1909, lo que la hace obsoleta para los tiempos que corren.

Estos jueces hablan de las consecuencias que supone que las personas se queden sin su casa, sin su lugar de apoyo, sin su base emocional. Es interesante observar como estos profesionales, a los que a veces se les acusa de insensibles o de falta de sentido de común, se han sensibilizado con el dolor y la angustia de una parte importante de la población de este país.

Como no puede ser de otra manera, los psicólogos no podemos ni debemos estar al margen de estas reivindicaciones, puesto que no se trata sólo de economía, ni de números, sino más bien de sentimientos, de seres humanos. Además, debemos tener en cuenta que muchas de estas personas se encuentran en total desamparo emocional, toda vez que no existen organismos públicos o privados que le ofrezcan asesoramiento psicológico para afrontar lo que posiblemente es  “uno de los mayores tragos de su vida”.

No queremos que este manuscrito se convierta en un artículo científico, pero entendemos que es necesario explicar algunos conceptos sobre el fenómeno del estrés, del que tanto se habla en estos tiempos. Así, el estrés se define como un proceso de adaptación a una demanda del medio, lo cual implica que es necesario para superar las diferentes dificultades que se nos plantean en nuestra vida.

Ahora bien, ocurre que, cuando este estrés es continuado y no favorece la solución del problema, comienza a afectar a los sistemas del cuerpo humano: Endocrino, Inmunológico, Nervioso, etc., lo que facilitará la aparición de trastornos tanto físicos como psicológicos, es decir, numerosos costes en salud. Partiendo de la premisa de que ambos tipos de patologías están  interrelacionadas, nosotros nos centramos sólo en las referidas a las emocionales, propias de nuestro ámbito de trabajo.  

Lo que venimos a decir es lógico para cualquier persona, o debería serlo: Cuando a una persona, individual o en familia, se le desposee de su lugar de referencia y se le añade que con ese acto no resuelve su problema, sino que lo agrava porque sigue debiendo su hipoteca, entonces estamos sentando las bases para que esa persona o grupo de personas comiencen a padecer diferentes tipos de enfermedades o patologías, que pueden llegar a alcanzar un punto máximo: El suicidio.

Este acto es lo más contrario al instinto de supervivencia del ser humano, va contra la naturaleza y no acaba con ningún problema, más bien genera otros añadidos a los que se quedan. Aun así, hay personas –lo vimos hace unos días en Granada- que no pueden más, que no saben por dónde salir, que no les quedan fuerzas para seguir luchando.

El INE se empeña en intentar demostrar que el número de suicidios ha bajado en nuestro país en los últimos años, a pesar de la crisis. No vamos a discutir el valor estadístico de los números, pero la cifra que aportan no recoge tentativas fallidas de suicidio, pensamientos recurrentes de autolisis o casos en los que hay personas que están en línea que los separa de hacerlo y no, mantenidos por un hilo de esperanza cada vez más débil

Y esto es, como decíamos anteriormente, la parte final y más dura de una consecuencia posible a la pérdida de la vivienda. Entre medio, y sin desmerecer su gravedad, nos encontramos otras huellas, como: Rupturas de pareja, Bajo rendimiento académico, Incremento de enfermedades psicosomáticas, Depresión, Uso de drogas, Envejecimiento prematuro,…

Estas secuelas van a hacer, a su vez, que la persona tenga verdaderas dificultades para reorientar su vida, lo cual lo sitúa en alto peligro de exclusión social, generando así que no se cierre el círculo vicioso, del que el paso del tiempo lo hará más y más consistente. 

En algunos foros se habla de Economía Emocional, definiéndola como la afectación de lo psicológico sobre aspectos económicos. Esta línea fue iniciada por el Premio Nobel de Economía, el psicólogo Daniel Kahneman. Su propuesta parece muy interesante y real, aunque nosotros añadimos la relación inversa, es decir, la influencia que factores económicos ejercen sobre el estado emocional de las personas, lo que viene a justificar lo hasta aquí comentado y lo que tantas y tantas personas expresan con rotundidad.

No se trata de que haya gente que exagere en la percepción de sus vidas, sino de que -real y desgraciadamente- hay personas que están en una situación límite, sin mucho margen de movimiento, a pesar de su empeño en recuperar la normalidad en sus vidas. Por esas personas y por las que podrían estar así mañana –recordemos que se producen más 500 desahucios diarios- nosotros pedimos una revisión del actual sistema de hipotecas, sin olvidar que los bancos son empresas “privadas”, pero teniendo en cuenta que éste es un mundo hecho por personas, por lo que debería estar hecho para personas, sin excluir a nadie.

Sabemos que esta carta no hace más que reiterar, quizás repetir lo que se comenta en muchos círculos; no obstante, nuestra conciencia nos empujaba a expresar nuestra disconformidad con la situación, nuestro desencanto con la pasividad política, nuestra empatía con aquellas personas que la ¿vida? les ha deparado una realidad que se les atraganta y asfixia por momentos, no dejándoles respirar.

Nuestro ánimo, aliento y admiración por aquellas personas que nadan contracorriente, que se esfuerzan por agarrarse a la más mínima posibilidad de cambiar su vida, a pesar de los obstáculos, casi sin fuerzas para agarrarse a una rama.

 

¡La vida de una persona no tiene precio!

  

Este escrito está avalado por el Colegio Oficial de Psicología de Sevilla y Fdo. por los psicólogos/as:

Rubén Rodríguez Duarte

Patricia García Luna

Mª Antonia Díaz Rodríguez

Manuel Salgado Fernández