El mundo emocional en los docentes.

Enseñar, educar, transmitir, guiar, modelar… todos estos verbos podrían ser aplicables a las funciones que a cualquier docente se le atribuye.

Seguro que nadie pone en duda la importancia que los profesores, en cualquier etapa vital, tienen en el desarrollo de cada persona, convirtiéndose en figuras de referencia y modelos a imitar, considerando el tiempo anual que se pasa con muchos de ellos y ellas.

En los últimos tiempos, partiendo justamente de esta relevancia que tiene la Educación en el Aula -siempre sabida, pero no siempre valorada-, se están incorporando nuevos elementos para hacer de la educación una vía eficaz y efectiva, en pos de favorecer la formación de las personas.

 Así, se habla de las aportaciones desde la Tecnología, con el uso de material electrónico, tipo portátil, tablet, pizarra electrónica, etc., con la intención de favorecer la motivación y el aprendizaje más completo para el alumnado.

Igualmente, se presentan actividades formativas orientadas a los propios docentes, aportándoles herramientas pedagógicas que les permitan organizar, planificar e impartir sus clases de manera más amena y práctica, de tal forma que se innove su metodología.

No se queda atrás el apartado de los padres, favoreciéndoles el contacto directo con los docentes, e implicándolos cada vez más en diferentes actividades propias del mundo escolar, con el mismo objetivo: enriquecer la educación que sus hijos reciben en las aulas.

Difícilmente encontraríamos a una persona que se opusiera a estas iniciativas, que tienen una clara intención favorecedora de mejorar la educación en todos sus parámetros. Sin embargo, como psicólogo experto en salud, echo a faltar una cuestión que considero de vital y especial importancia para así aprovechar y lograr, finalmente, aquello que se busca: la salud emocional de los profesores.

Suena a tópico, más viniendo de un psicólogo clínico, pero todo podría quedar en casi nada si no nos ocupamos de ayudar a los docentes a adquirir una estabilidad emocional que les permitan ser productivos en su desempeño profesional.

La comparativa podría venir si pensamos en una central nuclear, por ejemplo. ¿De qué serviría que ésta estuviera dotada de los medios de seguridad más primordiales y novedosos, incluso conectada a laboratorios de alto nivel en todo el mundo, si estuviera gestionada por personas con un desajuste emocional considerable? Se correría un alto riesgo si algunos de esos trabajadores tocasen el botón inadecuado, es decir, que tomaran alguna decisión con consecuencias trascendentales, tanto para sí mismos como para otras muchas personas.

Realmente esto es aplicable a cualquier ámbito de la vida, profesional o no, porque todos tenemos una parte emocional esencial en nuestra existencia, la cual puede ayudarnos o perjudicarnos en función de su estado.

En el mundo de la docencia, que es el que nos ocupa, este ajuste de las emociones es -si cabe- más importante que en otras muchas áreas profesionales, dada la enorme influencia que ejercen los docentes sobre su alumnado, y las consecuencias de ello para el futuro.

Nos olvidamos, por ello,  que el profesorado es de las ocupaciones que más sufren el llamado Síndrome de Burnout. Se cree que su motivación, compromiso y responsabilidad les protegerán de forma permanente de padecer este cuadro. La realidad es bien distinta, siendo muchos los profesores que acuden a recibir ayuda profesional, en forma de psicoterapia y/o psicofarmacológica, para poder continuar con su labor o para sobre llevarla, lo cual resulta más preocupante, si cabe.

El asunto se torna tan grave, que nos es extraño encontramos expertos en educación  envueltos en problemas adictivos, en conflictos de pareja o en trastornos del estado de ánimo, todo reconocible dentro del síndrome antes referido.

Se olvida un punto esencial del triángulo que componen: Padres, Instituciones y Profesores. Si estos últimos, responsables de transmitir una parte importante de los conocimientos al alumnado, no tienen una base emocional estable y equilibrada, da igual que  pongamos en sus manos las mejores técnicas educativas, los medios tecnológicos más avanzados o las actividades formativas más novedosas. Ya que concurrirá que la aplicación de estas metodologías obtendrán menos repercusión de lo esperado sobre el objetivo final, que no es otro que  “Mejorar la Educación”, en todos los niveles.

No podemos ni debemos dejar en manos de la automotivación o el deber profesional, este equilibrio emocional del que estamos hablando. Sería de enorme interés invertir en esta área, buscando así optimizar todos los recursos que se proporcionan a este colectivo tan cargado de responsabilidades.

Si encontramos la forma de enseñar a los “enseñantes” a gestionar correctamente sus emociones, estaremos haciendo mucho por avanzar en la Educación, comenzando por una figura básica en todo el proceso y de cuyo estado emocional va a depender buena parte de la transmisión que realicen, tanto a nivel de las aptitudes como de las actitudes.

Con esto no estoy promoviendo incluir una valoración psicológica en la fase previa a la contratación de un profesor, sea un puesto público o privado, pero sí ser más conscientes de que no sólo la vocación y los medios a su alcance les aportarán ese ajuste emocional referido.

Sería de gran ayuda generar un apartado dentro de la planificación orientada a mejorar las capacidades del docente en el que EL MUNDO EMOCIONAL tuviera un papel base, logrando también de esta forma que los propios profesores transmitieran estos recursos a sus alumnos, dentro del papel de la ”Educación Global” que se les demanda.

 

Manuel Salgado Fernández

Psicólogo Clínico y de la Salud.

Profesor Aula de la Experiencia, Universidad de Sevilla.

 

 

 

 

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