El Síndrome de la olla a presión (exprés)

Es seguro que todo el mundo, o casi, sabe cómo funciona el mecanismo de este recipiente de cocina. Su uso tiene ventajas claras en los quehaceres domésticos culinarios, siempre y cuando se tengan presentes los consejos que sus fabricantes aportan.

Desde lo metafórico en el plano de las relaciones humanas, puede afirmarse que es una buena herramienta para interaccionar con los demás, siempre y cuando se sepa manejar igual que la que se encuentra en la cocina.

 Es obvio que existen otras “formas de cocinar”, usando una sartén, un horno, un microondas, una barbacoa, una cafetera, una cazuela de barro, un robot o una cacerola, igualmente válidas, en función de las necesidades que se tengan y de los productos disponibles.

El sistema de la olla a presión u olla exprés, a nivel social, implica introducir los hechos en la mente para analizarlos y elaborarlos, antes de responder de manera espontánea y precipitada, reduciendo así los riesgos de errores en las réplicas y alcanzando resultados más satisfactorios en general.

Empero como todo, tiene su riesgo a la hora de aplicarlo, si no se cumplen con las instrucciones que existen para su buen uso.

En el plano social, este sistema mal utilizado puede dar lugar a lo que se conoce como Síndrome de la olla a presión o “cocotte minute”, si se aplica una expresión armónica a la francesa.

Básicamente se puede definir como un estilo caracterizado en soportar y aguantar el malestar proveniente de las relaciones con los demás, sin expresar disconformidad o desacuerdo, hasta llegar a un punto en el que se produce una explosión descontrolada, con consecuencias imprevisibles.

Aparecen respuestas, con poco o ningún control racional y/o emocional, marcadas por su desproporcionalidad, atemporalidad, inespecificidad y lugar inapropiado, además del lenguaje ofensivo y sin ninguna intención de generar cordialidad. Podría decirse que es como una catarsis que el cuerpo necesita para equilibrarse de nuevo, sin que la persona tenga plena conciencia de lo que está haciendo ni diciendo.

Con esto no se pretende establecer una exculpación de la responsabilidad de dichos comportamientos, sino una argumentación de porqué se producen y de las reacciones tras la tormenta.

Estas respuestas tienen un efecto negativo tanto para quien las produce como para quienes la reciben, generando confusión en el ambiente, puesto que dicta mucho entre el estilo saludable y el patológico, casi como si fueran dos personas diferentes.

Paradójicamente, las personas que sufren este síndrome generan justo las consecuencias que temen y que pretenden evitar, es decir, el rechazo de los demás, la soledad y las opiniones contrarias a su estilo.

Además, dada la inestabilidad emocional que provoca y la repercusión a nivel social, es frecuente que aparezcan síntomas del tipo ansiedad, trastornos del sueño y la alimentación, somatizaciones, alteraciones de la líbido, problemas cognitivos, tristeza, anhedonia, desesperanza, etc.

Es un síndrome que se retroalimenta en negativo, porque la persona que lo padece se siente culpable y avergonzada por reaccionar así, generando que su capacidad de almacenamiento aumente para intentar compensar sus salidas de tono.

De estas personas se pueden escuchar frases del tipo: “Al final siempre se me va de las manos”, “Me siento mal con mi forma de reaccionar”,” No sé cómo controlarme”, “¿Qué pensarán de mí?”, “La próxima vez intentaré decirlo de otra manera”, “No quiero ser así”, “Debería expresar más lo que pienso y siento, pero es que…”, “Tenía que haberle dicho que no en su momento”, las cuales no les llevarán necesariamente a una corrección de su comportamiento.

En ocasiones, hay profesionales que pueden confundir este síndrome con un TLP (Trastorno Límite de la Personalidad). A este respecto, la inclusión del mismo en este trastorno de personalidad no sería descabellada, puesto que comparten síntomas como la ira, la impulsividad y las relaciones interpersonales inestables.

Sin embargo, para el diagnostico del TLP son necesarios otros elementos añadidos que lo describan en su totalidad.

Revisando casos de personas que muestran este cuadro, es fácil encontrar niveles bajo de autoconfianza y autoestima, además de necesidad de aprobación externa, factores que igualmente coinciden con el perfil de persona dependiente.

En este último aspecto, es importante destacar que estas personas pasan de usar casi siempre un estilo pasivo de comunicación a otro totalmente contrario, lleno de agresividad, pasando por alto la fase intermedia de la asertividad, que es en la que realmente deberían moverse.

Esto no implica que estas personas no tengan habilidades sociales. De hecho es muy posible que teóricamente sí las posean, pero en la práctica, sus miedos y dependencias les hacen no aplicarlas.

Sobre el origen de este síndrome, siempre aparecen las típicas dudas sobre cuánto de innato se aporta y cuánto de lo adquirido. No se ponen en duda las influencias de la herencia celular de los progenitores; no obstante, éstas no deben entenderse como fijas ni intocables, dando espacio e importancia a lo vivenciado, de manera que haya una ventana abierta al reaprendizaje y con ello al uso adecuado de este estilo de la “olla a presión”.

Así, teniendo en cuenta esto último y tomando como referencia las sugerencias de uso del objeto metafórico, pueden establecerse algunas recomendaciones para hacer de este estilo una forma eficaz, saludable y positiva de relacionarnos con los demás en el día a día.

- Cuidado con el límite. La “olla” no es infinita, tiene una capacidad tope que puede hacer que se desborde su contenido. Poner la tapa no impedirá un rebose, llegado el máximo.

- Al abrir, se debe ser cauteloso, eligiendo la forma, el momento y lugar adecuados, sin brusquedades. No se trata de ir con prisas ni de que salga todo a la vez.

- Se debe estar pendiente de cómo evoluciona, de lo que se cuece dentro, observando si aparece alguna anomalía. Puede ocurrir que cuando se quiera dar cuenta, se tenga ya el problema encima.

- A veces, ha de cocinarse con la tapadera quitada en el inicio, viendo lo que hay dentro y vigilando por si se debe parar, y usar otra forma de cocinar.

 - La “olla” en sí no puede tener escapes, ya que de haberlos no tardará mucho en funcionar incorrectamente, a pesar de que todo lo demás esté bien.

 - Algunas recetas deberían hacerse de otra manera, no siendo la olla a presión la más indicada por tiempo o formas.

 - Posiblemente lo más importante es tener claro que la válvula de seguridad es clave en la regulación de la presión. Si no funciona de manera correcta, el perjuicio está asegurado y la comida saldrá disparada en muchas direcciones, quedando inservible y manchando todo alrededor, además del daño generado a la propia “olla”.

 - Cada cual debe tener la válvula de seguridad oficial y no sustituirla –en caso de fallo- por cualquier otro dispositivo con el que se piense dará el apaño.

 - Si “la olla” no funciona, lo ideal es “apagarla” por un momento, para revisar y ponerla nuevamente en marcha.

Lo más curioso de esto, es que muchas personas lo saben, conocen el valor de la olla a presión y tienen claro que deben seguir las instrucciones de uso. No obstante, la siguen empleando más como recipiente de acumulación que de elaboración, por lo que sale de ella no son respuestas prácticas y útiles, sino más bien la “misma comida cruda”, en peor estado que cuando entró.

De esta forma sólo se hace desgastarla, infrautilizarla y darle mala fama a una herramienta que –bien entendida y utilizada- facilita una forma válida de “cocinar” las relaciones con los demás.

Si se va “la olla”, el psicólogo es el mejor experto para enseñar a localizar la avería, mostrando su uso correcto y ayudando a evitar futuros contratiempos que no harían sino dificultar unas relaciones complicadas de por sí.

 

Manuel Salgado Fernández

Psicólogo Clínico

 

 

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